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Año nuevo, cine de nuevo

CORRE, LOLA, CORRE (Lola rennt – Tom Tykwer, 1998)

Corre Lola corre es un raro film alemán cuyo argumento casi puede deducirse del título. Faltan veinte minutos para el mediodía y Lola (Franka Potente) recibe una llamada telefónica de su novio Manni (Moritz Bleibtreu): el chico extravió los 100 mil marcos que tenía que entregarle a un gángster y está decidido a asaltar un supermercado para volver a reunirlos. La cita con el mafioso es a las doce en punto. Lola tiene veinte minutos para idear la solución. O cuanto menos, para llegar a aquella esquina y abortar aquel atraco en el que, dicho sea de paso, Manni lleva todas las de perder.

Corre… es absolutamente minimal. No llega a ser la historia de una chica que corre, ya que poco y nada llegará a saberse de ella. Antes bien, se postula como un deslumbrante ejercicio de estilo –de montaje y ritmos– con una módica parábola como telón de fondo. Los títulos de apertura, soberbiamente producidos, muestran a una muchedumbre que se empequeñece mientras la cámara levanta vuelo hasta formar el título con las cabecitas. Una voz en off sugestiva y grave hace oír una serie de interrogantes existenciales: “¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos?…” No hace falta un diploma de semiólogo para sospechar que esas cabecitas quieren ser algo así como todos nosotros.

Lola corre enérgica, incansablemente (¿por qué no habrá tomado un taxi? es la pregunta del millón). Y hay tramos de cartoon mechados con la acción, en los que Lola, dibujada, luce aun más colorida y movediza que en carne y hueso. Y Lola corre por partida triple. Lo que se ve, en rigor, son tres variantes de la misma maratón. Todas transcurren en los mismos, o casi los mismos escenarios (hasta se repiten algunos planos) pero cada una evoluciona para su propio lado, y tiene un desenlace que la distingue de las demás. Ya fuere porque Lola dio vuelta una esquina un segundo antes, o porque decidió robarle al padre –un banquero encumbrado y frío– los 100 mil marcos que le había pedido prestados en la variante anterior, o porque Manni miró para un costado, y no hacia el otro, hallando allí su salvación. Esta estructura narrativa no se hace cargo de los interrogantes existenciales del comienzo (tampoco lo hace cualquier otra cosa en el film), pero sí de sugerir que pequeñísimas alteraciones pueden tener enormes consecuencias. O de reivindicar el libre albedrío a través de esa chica que –¿como la vida?– corre con rumbo incierto y frenesí.

Lola es bella, muy bella, y es bello verla correr. Con el pelo rojo al viento, con la urgencia sellada en su expresión, con esos tatuajes que le surcan el ombligo, parece nacida para eso. Manni tiene su carisma. Y hacen una buena pareja, sugestiva –paradójicamente– separada del principio al fin (o casi). Sin embargo la película se hace un poco larga. Acaso porque puede adivinarse el desenlace a poco de empezada la segunda maratón. Tal vez porque su filosofía es demasiado escueta para el formato de un largometraje. Su indiscutible ritmo está asentado en la combinación de inmaculadas tomas cinematográficas con otras desprolijas, obtenidas con videocámara, y en esos planos breves, cortados como por hachazos al compás de una música machacona, omnipresente, resaltada por brevísimos silencios. Basta y sobra para un excelente clip de unos cuantos minutos, pero estamos hablando de una hora y veinte.

(Crítica de Guillermo Ravaschino)

 

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